29Noviembre

El arte-hacer como re-existencia del ser

Publicado en: Home, Medellín

El arte-hacer como re-existencia del ser
 “Autonomía, seré idólatra total, idólatra como el hombre de la más remota antigüedad. Por contradicción, libremente idólatra. A partir de hoy adoraré cada nuevo día a pachamama, nuestra verde azul tierra madre, cuyas empinadas, redondeadas y arboladas tetas, cantando y musicando y retozando brotan dichosos manantiales que luego se hacen raudales y a la vida, a la esperanza y a la utopía, a la luna, al padre sol”
(Memoria e identidad, Declaración de principios, tomado del libro Cuando maduren las piedras de Guillermo Villegas Mejía)
 
 
Por: Alba Lucía Gañán Pérez, Ciudad Comuna

Transcurrían los 90 y una ola de violencia azotaba las comunas de Medellín. En lo alto de la Comuna 6, en el barrio El Progreso, distintos grupos se disputaban el territorio. Esa mañana una fuerte algarabía, hizo que Camila Flórez, que para ese momento tenía 7 años, saliera a la puerta de su casa donde se escuchaba el alboroto. Allí presenció como el conductor que acaba de ser degollado se desplomaba sobre el asiento del autobús.

Camila entró nuevamente a su casa, terminó de organizarse y salió para “Tallerarte”, el lugar que la acogería durante su infancia. Cuando llegó, tomó un trozo de arcilla y plasmó aquella escena que minutos antes había vivenciado; así narra Camila que “pude exorcisar esa imagen que tenía tan fuerte y siendo tan niña”.

 

Un territorio de paz

El “Taller de Arte Las Utopías”, como había sido nombrado inicialmente, ya llevaba varios años rodando por los distintos lugares donde Guillermo Villegas había pasado. Fue en 1994 cuando “Guillo”, como le decían cariñosamente, llegó como docente al colegio Progresar, donde “Tallerarte” empezó a ocupar un lugar en las instalaciones del colegio y, sobre todo, en la memoria viva de los habitantes del barrio.

Durante los primeros años, el taller presenció fuertemente los enfrentamientos que se vivenciaban en el territorio y, como una apuesta por ser un escenario de paz, tuvo apertura con la participación de jóvenes que estaban “haciendo parte del conflicto, de bandas armadas, fueron los que iniciaron haciendo escultura, cuando este salón estaba completamente vacío en 1994 más o menos”, cuenta Camila Flórez. Agrega que “Guillo tenía un principio y era: si usted quiere venir al taller, si usted quiere venir a trabajar con otros - abría un cajón y les decía - me dejan aquí las armas y, los pelaos, como que tuvieron un voto de confianza con él, porque ellos dejaban las armas en el cajón y entraban al taller”.

Así comenzó Tallerarte, como un territorio abierto y pacífico en el que podían encontrarse jóvenes de distintos grupos en disputa. Estos jóvenes dejaron obras que hoy son consideradas como patrimonio, al interior del taller, no solo por su construcción anatómica y plástica, sino también por su contenido político. Son el legado de aquellos a los que el conflicto no les perdonó la vida.

 

De puertas abiertas

La escultura en el medio artístico es considerada una de las técnicas más costosas y menos accesibles, hacer este tipo de arte en un contexto donde la violencia, no solo está representada en enfrentamientos armados, sino también de hambre, pobreza y pocas oportunidades es, por decirlo de algún modo, algo revolucionario. Significa poner esos valores de expresión, conexión, sentido, construcción y transformación, que connota el arte, al alcance de todos. Significa realizar un arte para la resistencia, un arte que libera.

Guillo y quienes acompañan el taller, siempre lo pensaron como un espacio para todos: niños, niñas, jóvenes, mamás, abuelas, abuelos; abierto a la comunidad, dispuesto para ser habitado y al que no es necesario llevar nada más que las ganas de querer hacer.

También, en abierta crítica a esa educación tradicional que mide, califica, homogeniza e individualiza, Tallerarte buscó ser un espacio para la creación y la liberación del espíritu, un lugar en el que se pudieran canalizar cosas que, muchas veces, no eran posibles en las escuelas. “En el taller si un niño quiere pegarle a la arcilla, lo hace, nosotros posibilitamos que lo haga, porque muchas veces es como unas ganas, una rabia que no se sabe dónde poner. El hecho de tener un pedazo de arcilla y que me confronte con eso y lo transforme, eso se transforma por unas motivaciones, por unas alegrías, por unas angustias, por algo que hay dentro de la persona y por las experiencias que ha vivido”, afirma Camila.

Expresan como su lema que "en Tallerarte creemos que se trata de que la población viva el arte, lo practique y se comunique desde el arte. Esta es la misión del nuevo arte-hacer que proponemos: reconstruirnos a partir de nosotros mismos". Hoy las estanterías del lugar constituyen un repositorio de “documentos” que, en vez de ser escritos, son esculpidos por las manos de los habitantes del barrio. En estas obras se manifiestan preguntas alrededor de las experiencias, los cuerpos, las prácticas culturales y las realidades sociales, siendo posibilidades para la construcción y deconstrucción de las identidades de los sujetos, una forma de “tallerarse”.

 

Sostener la esperanza

A punta de voluntades y de amor, se ha tratado de sostener ese gran legado con más de 25 años en el territorio y, aunque a veces parece no ser fácil, siempre tratan de que el principal elemento que da vida al taller, la arcilla, esté disponible; ese material noble, que no solo puede reutilizarse, sino que también posibilita conectarse con las raíces, con eso que somos. Esa arcilla que se transforma por las manos de niños, niñas, jóvenes y adultos que frecuentan el lugar y que constituye el principio fundamental del accionar colectivo: Tallerarte como un “tallearme, tallerarte y tallearnos”, hacer arte para la (de)construcción de los seres.

“La posibilidad del taller es saber que no somos seres construidos completamente por más que estudiemos, por más que se haga, se vaya y se venga; nunca estamos terminados, siempre nos estamos haciendo, siempre nos estamos construyendo. Entonces, Tallerarnos juntos es lo bonito y pedagógico que Tallerarte quiere hacer”, apunta Camila. Eso potente y transformador que genera el proceso creador, se constituye en esperanza, una que hace que el proceso continúe caminando como el taller de las utopías y los sueños de este territorio y su comunidad.

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