03Junio

El viacrucis de los que no son santos

Autor: Cristian Longas / Equipo Visión 8 Publicado en: Home, Ciudad Comuna, Comuna 8, Visión 8

El viacrucis de los que no son santos

Al llegar al final del recorrido del bus en el que viajaba, hago una llamada. Me contesta la líder de la mesa de víctimas de la comuna 8, Isela Quintero, diciéndome que voltee. Cuando logro dar con ella, la veo salir de una casa construida principalmente con madera. Cruzamos un par de palabras y grita casa adentro: “Sara, venga, mi amor, llévelo donde su abuelita”. Al llamado aparece una niña afro que me examina, me coge de la mano y me lleva loma adentro. Llegamos a una casa aún más pequeña y también de madera, a cuya puerta la niña llama, y de la cocina que queda tras el sillón, sale Mirella Mosquera; la razón del segundo viaje que hago con el fin de escribir este artículo.

El primero de estos viajes sucedió días antes, y tuvo como destino el Parque Biblioteca León De Greiff (La Ladera), que se encuentra ubicado cerca de donde décadas antes estaba una cárcel con el mismo nombre. En una mesa dentro de la biblioteca, junto a unos compañeros, estaba sentada la persona a quien entrevistaría. Me invitron a sentar, me mostraron las pinturas de los presos de la cárcel Bellavista ubicadas tras de sí; y con mucha seguridad, el entrevistado me interpeló diciendo: “prenda la grabadora, tranquilo”; entonces le hice caso y empezó la entrevista con las siguientes palabras: “mi nombre es Francisco Correa y fui víctima del conflicto armado en Colombia”.

 

Nacimiento

En el año de 1942 nace Francisco Correa, en Caicedo, Antioquia, en medio de una de las épocas más crueles de la violencia bipartidista colombiana. “Recuerdo que de niño dejamos a Caicedo y nos fuimos para Villanueva, cerca del Águila, Valle. Llegamos allá cuando mataron a Gaitán en el 48”, cuenta Francisco acerca de sus primeros encuentros con el conflicto armado en Colombia. También agrega que de allí partieron al departamento de Bolívar, y que a eso de 1955, cuando, según él “tenía pelos en el boso”, se dedicó a andar. Desde allí empezó un largo viaje por todo el territorio colombiano. Catorce años luego del viaje, en 1969, nace en Condoto, Chocó, Mirella Mosquera.

Condoto, como varias regiones del Chocó, cuenta con abundante oro, situación que hace que sea igual de abundante la práctica de la minería ilegal, que si bien es dañina y peligrosa en varios ámbitos; sirve de sostén para muchas familias de la región; es por ello que Mirella Mosquera tuvo que pasar buena parte de su juventud ejerciendo esta actividad. “Madrugaba a buscar el granito para comprar comida. A veces encontraba algo y a veces no”, comenta Mirella. Cuenta también que un par de veces tuvo que ser llevada al médico debido a los desmayos que presentada por culpa del cansancio, y del hecho de que muchas veces iba a trabajar sin probar bocado; esta era una escena que se repetía casi a diario, pero la cual Mirella procuraba sobrellevar para continuar disfrutando de una de las tradiciones más representativas del Chocó: sus fiestas.

Un ejemplo de festividades de la región Chocoana es la celebración en homenaje a San Francisco de Asis, patrono de Quibdó, que es la capital del departamento. En la fiesta de San Pacho, cuenta Mirella con alegría “la iglesia, el padre y toda la comunidad se unen para celebrar. Uno rumbea por toda la calle, todos salen de sus casas a la fiesta, llueva, truene o relampaguee”, a esto agrega que “la vida por allá (en el Chocó) es muy buena, pero muy difícil”; y fue por ello que un día se decidió dejar Condoto y emprendió camino.

 

Viacrucis

Entre tantos pueblos y corregimientos que visitó Francisco, recuerda uno en especial: El Naya, Valle. Una región donde la fuerza la ejerce la guerrilla y la única religión que hay es la coca. “Allá se trabaja la coca porque es lo único que vale. Para comer cada uno siembra su palo de yuca, su mata de plátano…”, recuerda.

El hecho de que la iglesia no tuviese presencia en ese olvidado lugar se ve reflejado en sus funerales sin funerales y sus muertos sin ataúd. “El cuento de rezarle a este porque se murió nunca lo hicimos. ¿Cuál misa? Vamos a tomarnos unos aguardientes”, y luego de decir esto tararea una canción; “…El muerto al hoyo y el vivo al baile…”. Un poco más adelante se darían cuenta de cuán necesario era la construcción de un cementerio en aquella población.

Según el periódico El Tiempo, en la primera década del siglo XXI, ocurrieron cerca de 47 masacres en el Valle del Cauca. Una de estas masacres, y como si se tratara de un castigo divino, ocurrió en la primera semana santa de este siglo. El bloque Calima, a cargo de Hebert Veloza, alias “H.H.”, asesinó a 24 personas y desplazó 3.823 más en la región; entre esos miles de desplazados estaba Francisco. “Yo salí a eso de las nueve de la noche dejando miles de árboles de coca sembrados, y sin disfrutar, porque apenas iba a coger las primeras hojitas”, cuenta decepcionado y sentencia ademàs: “yo al Naya no volvería ni amarrado”. Por esta misma época, Mirella Mosquera se encontraba, como la tradición minera le persiguiera, en el Bagre, Antioquia.

A Mirella le falta la respiración y se le quiebra la voz mientras cuenta acerca de la guerrilla: “sacaron a mi hermano y se lo llevaron. Hasta hoy no sabemos nada de él, lo desaparecieron”. Además de su hermano, fueron varias las personas que aparecieron al llamado de los guerrilleros y que desaparecieron con ellos. “Ve: mi mamá no quiso poner la denuncia ni quiso hacer nada, porque ella dice que a su hijo se lo mataron, y que no va a ir donde el gobierno para que le pague su hijo”.

Al siguiente día del secuestro de su hermano, el mismo grupo armado dio un anuncio a varios de los pobladores del Bagre: “Tienen un día para irse de acá”. Tiempo después de este suceso, en una acera del centro de Medellín se encontraba Mirella Mosquera, pidiendo limosna y preguntándose, en palabras de ella “¿por qué nos negrean tanto?”.

 

Resurrección

En un reciente estudio de la Unidad de Análisis y Evaluación de la Política Pública de la Secretaría de Bienestar Social de Medellín, se evidenciaron tres épocas en la década del 2000, en las que se dio un incremento notable en la cantidad de desplazados que llegaban a la capital antioqueña: la primera de estas se da entre los años 2001 y 2002; la segunda durante el año 2005 y la tercera en el 2009. Un año antes de esta última época, en el 2008, a don Francisco se le vuelve a aparecer la guerrilla en Sana Rita Ituango, y, como si se tratara de un mal que le persigue, le acusan de estar dando a las autoridades información que les comprometía. Por segunda vez parte obligado por las circunstancias, y lo hace al lugar donde vive actualmente: Medellín, Antioquia.

Como si no fuese lo suficientemente nefasto el hecho de haber salido a la fuerza de Ituango, al llegar a la capital antioqueña, y debido a su avanzada edad, Francisco no logra colocarse en trabajo alguno. Como consecuencia de esto decide irse a vivir con su hermana al barrio Caicedo de la comuna 8, a la espera de que se le reconozca, por lo menos, su estatus de víctima del conflicto armado en Colombia.

Cerca de Caicedo donde reside Francisco, se encuentra otro barrio donde Mirella me está relatando su historia: Pinares de Oriente. Ella asegura que en Medellìn encontró “personas buenas”. Al poco tiempo de su llegada a la “tacita de plata”, un hombre le habló sobre la Defensoría del Pueblo y de la Cruz Roja, y le ofreció llevarla allí al día siguiente, “Me llevaron allá a hacer la declaración de que yo era desplazada y que estaba durmiendo con los pelados en las calles”, dice Mirella. Agrega que después de este suceso, las autoridades le brindaron ayudas, por lo que actualmente tienen un piso en uno de los apartamentos de interés social construidos por el gobierno; pero confiesa también que prefiere vivir en el rancho en el que se encuentra, “Como nosotros somos del campo, nos acostumbramos a sembrar nuestras cositas. Y ¿ va uno a montarse a esos apartamentos que parecen palomeras?”, dice entre risas.

Fuera de los programas del gobierno en pro a los desplazados como los apartamentos de interés social, existen otros escenarios donde se encargan de generar espacios de reflexión y memoria en torno al tema del conflicto armado. Es ejemplo de esto la Casa Museo de la Memoria. Allí colabora Francisco en una de las exposiciones: Revelando Barrios, donde con ayuda de todo tipo de mapas, fotografías y frases de los habitantes de la comuna 8, se ofrece una visión de este territorio construida por la misma comunidad. “A mí me encanta trabajar con las comunidades”, comenta Francisco con una sonrisa en el rostro.

Si bien, la comuna 8 de Medellín se ha vuelto el hogar de Francisco y Mirella, ellos, como muchos de los habitantes de esta zona, esperan algo que bien sentencia Francisco Correa: “si alguien a mi me dice: tengan unas hectáreas de tierras y vivan allá, pues hombre, yo volvería”.

 

Texto publicado en la edición 53 (octubre-diciembre de 2014) del periódico comunitatio Visión 8

Fotografía de: 

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